Cine

El ser querido: las heridas que cura el cine

Vamos al cine por muchas razones. A veces para pensar y otras, precisamente, para dejar de hacerlo. Para reconocernos en una historia o para olvidarnos durante un par de horas de la nuestra. Para emocionarnos con problemas ajenos que, de alguna manera, terminan hablando de los propios.

Quizá por eso el cine tiene algo de refugio. No necesariamente porque cure, pero sí porque permite mirar ciertas cosas desde otro lugar.

En El ser querido, Rodrigo Sorogoyen lleva esa idea un paso más allá: no solo utiliza el cine para contar una relación herida, sino que hace que sus propios personajes recurran a él para intentar repararla.

Y para hacerlo decide mirar hacia el lugar que mejor conoce: el propio cine.

Dice el refrán que en casa del herrero, cuchillo de palo. Quizá porque pocas cosas son tan difíciles de observar como aquellas de las que uno forma parte. En El ser querido, Rodrigo Sorogoyen mira hacia su propia industria y consigue compartir sus códigos, sus jerarquías, sus absurdos y también su belleza.

Hay algo especialmente destacable en esa mirada: la naturaleza profundamente colectiva del cine. Porque una película, durante unas semanas, tiene algo de familia. Se convive, se discute, se celebra, se cuida y se marcan límites. Quizá por eso el propio título admite una pequeña lectura paralela: mientras Esteban y Emilia intentan recomponer su particular manera de ser familia, alrededor de ellos el rodaje va construyendo otra. Y llenándola, también, de seres queridos.

Sorogoyen contra Trier

Desde que El ser querido pasó por Cannes, la comparación con Valor sentimental, de Joachim Trier, parecía inevitable. Las dos parten de un lugar  parecido: un prestigioso director de cine, una hija actriz, una relación rota y una película que puede volver a juntarlos.

Pero poco más.

En Valor sentimental, el cine sirve a Trier para adentrarse en la memoria familiar, las ausencias y aquello que una generación deja en la siguiente. Sorogoyen lleva el conflicto al propio rodaje y hace que lo personal y lo profesional se contaminen continuamente.

Esteban no es solo el padre de Emilia. También es su director. Y esa doble posición convierte cada ensayo, cada toma y cada decisión en algo que puede pertenecer simultáneamente a la película que están rodando y a la relación que intentan reconstruir.

Dos puntos de partida similares que terminan dando lugar a dos películas prof diferentes.

Bardem, Luengo y el espacio que ocupan

Y después está Javier Bardem.

Su Esteban puede resultar seductor, divertido, insoportable, vulnerable y amenazante casi sin transición. Bardem tiene esa capacidad poco frecuente de modificar una escena simplemente entrando en ella y aquí Sorogoyen utiliza precisamente esa enorme presencia a favor del personaje.

Esteban ocupa espacio. Mucho. Como padre, como director y como figura alrededor de la cual todo el mundo parece haberse acostumbrado a orbitar.

Y frente a semejante presencia, Victoria Luengo tiene el trabajo más difícil: no desaparecer.

No lo hace.

Su interpretación funciona desde un lugar completamente diferente. Si Bardem ocupa, Luengo contiene. Si él expande cada emoción hacia fuera, ella parece acumularlas hasta que resulta imposible seguir haciéndolo.

Una película hecha de películas

Pero Sorogoyen no se conforma con contar un rodaje. También aprovecha el cine dentro del cine para jugar con el propio lenguaje.

Formatos, texturas, color, maneras diferentes de mirar. La película que estamos viendo convive con la película que sus personajes están intentando hacer y esa frontera permite a Sorogoyen experimentar sin perder el hilo emocional.

Quizá ahí esté lo que más me interesa de El ser querido: la sensación de estar viendo a un cineasta mirar hacia su propio oficio y encontrar todavía cosas que contar sobre él.

Sobre quienes están delante de la cámara y quienes permanecen detrás. Sobre el talento y el poder. Sobre los afectos que heredamos y los que construimos.

Y sobre todos esos nombres que aparecen cuando llegan los títulos de crédito y buena parte de la sala empieza a levantarse.

Porque el cine puede tener grandes directores y enormes actores.

Pero sigue necesitando a todos los demás para poder gritar «acción».

Tardes de soledad: romper el formato para mirar distinto

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Idoya Barrabés
Mi nombre es Idoya Barrabés, tengo 39 años y a lo largo de mi trayectoria he explorado diversos aspectos de la publicidad y la comunicación audiovisual, comenzando esta etapa cuando todavía no existía Facebook, he ayudado a marcas a crear historias en torno a sus productos para vender más. Cuando el mundo publicitario y audiovisual estaban tan en línea que podían ser uno nació Mil y Una Historias: una productora no convencional donde creamos proyectos audiovisuales con un enfoque publicitario que ayude a impactar en su audiencia.

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