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Adolescencia: una serie de adolescentes, no para adolescentes

Cuando el fin de semana escuché-leí los primeros comentarios sobre Adolescencia, la nueva serie de Netflix, sentí una gran alegría, porque si hay algo que me preocupa es la creciente brecha entre los jóvenes y el resto de generaciones. Yo, que pertenezco a la generación millennial, nunca he tenido problemas para comprender y empatizar con las generaciones anteriores; sin embargo, con las más jóvenes empiezo a sentir que hablamos idiomas distintos. Lo que antes me resultaba natural ahora me desconcierta, y por primera vez me doy cuenta de que hay códigos, referencias y formas de ver el mundo que simplemente se me escapan.

Pero la sorpresa fue descubrir que la serie no está enfocada en ellos, sino en mí como madre y en el importante papel que ocupamos los adultos en esta etapa de nuestros hijos.

Se trata de un thriller centrado en el asesinato de una adolescente británica. Desde el inicio hay un acusado de 13 años, y la trama se enfoca en entender por qué ocurrió el homicidio.

A lo largo de sus cuatro capítulos, los adultos relacionados con el caso —padres y profesionales— buscan comprender las razones que pudieron llevar a este niño a cometer tal acto y si realmente fue él quien lo hizo. Intentan descifrar actitudes, indicios y sospechas para reconstruir los hechos, pero siempre desde su perspectiva adulta, aplicando su propia lógica. A medida que avanza la serie, nos damos cuenta de que, para entender la situación, hay que mirarla desde otro prisma. Los desafíos a los que se enfrentan los adolescentes hoy en día son muy diferentes a los que vivieron sus padres en la juventud.

Uno de los aspectos más innovadores de Adolescencia es su estilo visual: cada capítulo fue filmado en una sola toma continua, sin cortes de cámara, lo que demanda una precisión técnica y actoral extraordinaria.

La serie logra, con gran acierto, obligarnos a reflexionar y a asumir nuestras responsabilidades como padres. A través de la incertidumbre constante sobre la conducta del niño, transmite con precisión la misma sensación de desconcierto que experimentamos los adultos al intentar comprender a un adolescente.

La crianza es un tema que nunca pierde relevancia. No deberíamos esperar a que ocurran situaciones extremas para detenernos a reflexionar sobre quiénes somos, quiénes fuimos, cómo nos marcó la educación de nuestros padres y qué tipo de padres queremos ser.

Acompañar a nuestros hijos en su crecimiento implica asumir el rol de adultos responsables, pero también darles el espacio para cometer sus propios errores y aprender de ellos. Este reto nos obliga a encontrar un equilibrio constante entre guiarlos y dejarlos explorar su propio camino.


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